Página de inicio MÚSICA DIGISCOPE COMPRAR DISCOS FABRICA TU DISCO DISEÑO GRAFICO MATERIAL GRAFICO BIOGRAFÍAS MERCADO DE OFERTAS LINKS MUSICALES TRADUCTOR DE IDIOMAS Acerca de nosotros Buscar
BIOGRAFÍAS:
Información sobre cantantes.


Temas:
ANTONIO MOLINA
JUANITO VALDERRAMA
CAMARÓN DE LA ISLA
RAFAEL FARINA
MANOLO CARACOL
AGUJETAS
ANGELILLO
LA PAQUERA DE JEREZ
TERREMOTO DE JEREZ
LA NIÑA DE LA PUEBLA
LA NIÑA DE LOS PEINES
PEPE PINTO
EL NIÑO DE LA HUERTA
LOLA FLORES


Servicio:
Edición
Contáctenos
Información


MANOLO CARACOL

MANOLO CARACOL.- Nombre artístico de Manuel Ortega Juárez, heredado de su padre, Sevilla, 1909 – Madrid, 1973. Cantaor.  Último genio de una fabulosa dinastía gitana que dio al flamenco y a los toros nombres de leyenda. Conocido en sus principios como Niño de Caracol. Tataranieto de El Planeta por parte materna, biznieto de Enrique El Gordo Viejo y Curro Durse, nieto de El Águila, sobrino nieto de Paquiro, Enrique El Gordo, Rita Ortega Feria, Manuel Ortega Feria, Chano Ortega Feria, Gabriela Ortega Feria, Carlota Ortega Fernández, Rita Ortega Fernández y del torero El Cuco, tío de Gabriela Ortega Gómez, primo de El Almendro, Carlota Ortega Monje, Rafael Ortega Monje y Rafael Ortega Morales, hijo de Caracol, padre de Lola Ortega Gómez, Enrique Caracol, Manuela Ortega Gómez y Luisa Ortega Gómez, y suegro de Arturo Pavón y Maruja Baena.

  "Se nace cantando -decía-, pero después hay que perfeccionar el cante para llegar a tener espíritu propio. Hay que vivir el ambiente del cante y aprender lo bueno que los demás tengan". Él lo había vivido desde siempre, y de manera muy intensa: "Los señoritos y los artistas por las mañanas, después de recorrer durante la noche las ventas de las afueras, iban a la Alameda de Hércules a terminar la juerga, tomando churros y aguardiente. Como mi padre era artista, iba entre ellos. Por eso, cuando yo iba al colegio por la mañana, me encontraba con los señoritos y con los artistas que remataban la fiesta. Unas veces me llamaba mi padre, y otras veces me acercaba yo y me quedaba pegado a un quicio escuchando cantar". Triunfó niño, en el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Manolito Ortega, que desde entonces comenzó a llamarse el Niño de Caracol, acudió a Granada y ganó un primer premio, de mil pesetas, ex aequo con un viejo, el Tenazas de Morón. Lo contrataron de inmediato para algunos espectáculos, pero aquella primera etapa la vivió dedicado casi en exclusiva a las fiestas privadas, que podían durar más de un día. Durante la guerra civil española las fiestas casi desaparecieron, y Caracol se dedicó fundamentalmente al teatro como medio de supervivencia. De ahí surgió la estampa escenificada, obra de su genio heterodoxo y que él llevaría junto a Lola Flores a su más alta expresión, a partir de 1943, cuando los dos excepcionales artistas se encontraron y comenzaron a trabajar juntos. Títulos como La niña de fuego o La salvaora dieron la vuelta al mundo. También interpretó varias películas. Caracol y Lola se separaron a causa de un contrato millonario que les ofreció Cesáreo González para hacer unas películas en América, que él no quiso aceptar y ella sí. El cantaor montó otros espectáculos y trató de formar una nueva gran pareja, comenzando por su entonces jovencísima hija Luisa Ortega, pero en ningún caso pudo ser igual. Fue cantaor genial pero irregular, como lo son generalmente los cantaores de inspiración. En casi todos los géneros que abordó puso algo personal y único, que provocaba arrebatadoras pasiones entre seguidores y detractores. Hacía hincapié en el carácter propio y personal de su cante. "No he copiado a nadie. Yo he hecho un teatro, yo he creado una escuela, y yo lo que canto es mío y no me parezco a nadie. Malo, bueno, regular, peor, es de Manolo Caracol... La escuela mía es una escuela muy... muy rara. Yo he creado cosas muy difíciles, como, por ejemplo..., quién iba a decirle a Enrique el Mellizo, ni a Silverio, ni a Chacón, ni a Tomás el Nitri, que yo iba a cantar piano y que iba a cantar La salvaora a la terminación del cante por malagueñas..." Tuvo fama de heterodoxo, porque hacía cosas que los puristas no le perdonaban -cantar con piano, por ejemplo, o con orquesta, que ahora tanto se hace-, pero él defendía apasionadamente sus propios criterios y jamás se apeaba de ellos: "¡Se puede cantar a orquesta y se puede cantar con una gaita! ¡Con todo se puede cantar! Con una gaita, con un violín, con una flauta...!" Algunos de sus pensamientos en torno al arte jondo podrían motivar casi una teoría del cante: "Yo cuando canto no me acuerdo ni de Jerez, ni de Cádiz, ni de Triana; ni me acuerdo de nadie. Yo intento hacer los cantes a media voz, que es como duelen. Esa es la hondura. Porque el cante no es ni de gritos ni pa sordos. El cante hay que hacerlo caricia honda, pellizco chico. El que se pone a dar voces, ese no sirve..."

Se inició desde muy niño en su arte, obteniendo en 1922, compartido en El Tenazas, el primer premio del célebre Concurso de Cante Jondo de Granada, organizado por Federico García Lorca y Manuel de Falla, en el que don Antonio Chacón fue presidente del jurado, cuando contaba doce años de edad. Seguidamente se presenta en su ciudad natal, alternando con el mismo El Tenazas, en el Teatro Reina Victoria. Volviendo a este mismo teatro un mes más tarde, después de otras actuaciones en varias ciudades españolas, para cantar junto a don Antonio Chacón. Este mismo año debuta en Madrid, en el Teatro Centro. Al año siguiente realiza una gira por toda la geografía española, alternando con Don Antonio Chacón, Manuel Torre, El Gloria, Manuel Centeno Y otras primeras figuras de la época. En 1925, continúa su recorrido por toda España y canta en Madrid, en el Teatro Pavón, en compañía de La Niña de los Peines, Pepe Marchena, El Cojo de Málaga y otros destacados intérpretes, en un concurso de cante. En este mismo escenario volvió a cantar en 1926. Continuaron sus giras en diversos elencos, entre ellos el encabezado por él y Manuel Torre, en 1929. Formó el espectáculo Luces de España, en 1930, con La Niña de los Peines, Custodia Romero, Rafael Ortega Monje y Pastora Imperio.

Después de unos años, a partir de los primeros treinta dedicado a las reuniones y fiestas íntimas, terminada la guerra civil, toma parte en el espectáculo Cuatro faraones, en unión de El Sevillano, Juanito Valderrama y Pepe Pinto, que alterna una temporada con el elenco de Concha Piquer. Formó pareja, en 1943, con Lola Flores, presentando el espectáculo Zambra, de Quintero, León y Quiroga, con el que, partiendo de Madrid, viaja por toda España durante varios años, hasta 1951, en loor de multitudes, convirtiéndose en el artista flamenco más popular, especialmente por sus zambras y otros cantes a orquesta y la difusión de sus grabaciones, creando auténtica escuela. Después de una gira por América con Pilar López, en 1951, estrena el espectáculo La copla nueva, para presentar al público a su hija Luisa como cancionista y cantaora, después de una gran velada en la Parrilla del Hotel Cristina de Sevilla, en la que participaron un gran número de primeras figuras del flamenco. Color moreno, Arte Español y Torres de España, son los títulos de los espectáculos en los que participa con su hija hasta 1957. 1958, es un año importante en su trayectoria artística, por la salida de su antología discográfica Una historia del Cante, con comentarios del profesor Manuel García Matos, y su gira por toda América hispana, que se prolonga tres años. A su vuelta es recibido en el aeropuerto de Barajas por un numeroso grupo de artistas y aficionados portando pancartas de admiración. En 1961, actúa en el Teatro Calderón de Madrid, cantándole a Pilar López, en una función especial, y se estrena el espectáculo La copla ha vuelto, con Luisa Ortega y Arturo Pavón.

Al año siguiente, canta en el tablao madrileño Torres Bermejas en compañía de sus hijos. Inaugura, en 1963, el día 1 de marzo, su tablao Los Canasteros, en Madrid, con un elenco artístico de primera categoría flamenca, en el que figuraban entre otros los siguientes artistas: Carmen Casarrubios, Curra Jiménez, La Polaca, su hija La Caracola, María Vargas, Trini España, La Perla de Cádiz, Gaspar de Utrera, Melchor de Marchena, Orillo, Paco Cepero y Terremoto. Desde esta fecha, su trayectoria artística se desarrolló en su tablao, con actuaciones especiales junto a los miembros de su familia en acontecimientos flamencos y algunos festivales y galas benéficas. En 1965, se le concede la Medalla de Oro de la II Semana de Estudios Flamencos de Málaga, tributándosele un homenaje, en el que participaron un gran número de escritores y artistas, entre ellos Pastora Imperio y Pilar López. Un año después, en el Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera, la Junta Oficial de la XIX Fiesta de la Vendimia, le ofreció un homenaje, haciéndole entrega de una placa conmemorativa de manos del cantaor y flamencólogo Amós Rodríguez Rey, quién glosó el arte y la personalidad del homenajeado. En esta misma ciudad, en 1969, se le impuso la insignia de la Orden del 'I'ío Pepe de Oro, y en Madrid, durante una cena homenaje, con asistencia de personalidades de las letras y las artes, le es otorgada la Orden de lsabel la Católica.

En 1970, es nombrado Popular del diario Pueblo, recibe un homenaje en Sevilla, donde actúa con gran éxito, y se le dedica el Festival de Bornos. Grabó su último disco en 1972, al cumplirse el cincuentenario de su vida artística y en el que incluyó su fandango de despedida. En Chiclana de la Frontera, en 1973, se le tributa un nuevo homenaje, dedicándosele la fiesta El Pescado a la Teja, estando el ofrecimiento a cargo del escritor Jesús de la Cuevas. Falleció en accidente de automóvil, el 24 de febrero de 1973. Su entierro constituyó una gran manifestación de duelo, con asistencia de autoridades, artistas y aficionados tanto de Madrid, como de diversos lugares de España. Este mismo año, fueron dedicados a su memoria los festivales flamencos de distintas ciudades andaluzas, entre ellos los de Utrera y Granada y los Cursos Internacionales de la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera y su Fiesta de la Bulería, y en Mijas (Málaga), se rotuló una calle con su nombre.

Cantaor largo, como se demuestra en su amplia discografía, tenía a orgullo haber dignificado el arte flamenco con su versión teatral del mismo. Participó en las películas cinematográficas Un caballero famoso y Jack El Negro y protagonizó con Lola Flores las tituladas Embrujo y La Niña de la Venta. Los poetas le dedicaron numerosas composiciones, destacando entre ellas los poemas escritos en su honor por Antonio Murciano, Rafael de León, Félix Grande, Antonio Hernández, Manuel Ríos Ruiz y Manuel Benítez Carrasco. Entre las amplias opiniones que se han expuesto y escrito sobre su personalidad artística, seleccionamos las siguientes: Anselmo González Climent: «Manolo Caracol está casi desligado de toda externidad amable. Va directamente al rajo angustioso y denso del jipío. Nada de flatus vocis al uso operista. Parece cante de aljamía. Sin embargo, hasta sus locuras conservan un hálito afiligranado de gracia plástica. Con el sólo ejemplo de Manuel Caracol se puede hablar de lo que buenamente puede entenderse por perfección flamenca. Siendo historia, y de lo mejor, Manolo Caracol es ante todo vida fluyente, devoradora... Sus jipíos -enteros, viriles, verosímiles- son negras bocanadas de jondura que atraen e incluso anonadan. Caracol infunde a la totalidad expresiva un sostenido impulso de jondura y de desgarro vital». Gregorio Corrochano: «¡dichosos los que saben rezar cantando, como Manolo Caracol!». Antonio Murciano: «El cante de Manolo Caracol está hecho mitad de sombra y mitad de luz y su eco, único y gitanísimo, deja en los aires el llanto de la noche de los tiempos y el recuerdo del grito del primer día del mundo. Su voz me escalofría, me hace llorar, reír, morir y vivir. Me honro con su amistad y, flamencamente, me considero caracolero hasta los tuétanos». Don E. Pohren: Para nosotros es en la reunión, en la fiesta, en el esplendor de la juerga, es donde mejor se aprecia el eco aguardentoso y el rajo de la garganta de Caracol en sus gitanas entregas por siguiriyas, soleares, bulerías, tangos y martinetes, hasta que él y sus amigos quedan transportados por la emoción. Es durante estas sesiones donde Caracol permite recorrer en libertad a su genio en una demostración sin precio de lo que es real y verdaderamente el cante gitano». Carlos Murciano: «Ha pasado medio siglo. Sigue en pie el hombre. Sigue en pie -de pena, de embrujo- la voz. Manolo Caracol canta. Es un niño de once años. Es un hombre muy viejo, sin edad. Es una voz tan sólo. Una voz muy antigua, ensolerada, con duende, con esos sonidos negros con que Manuel Torre deslumbraba a Federico, el poeta... Manolo Caracol canta y el duende le asoma por la reja de los dedos o por el balcón de un tercio que se afila de pronto o por la azotea de un grito que se troncha al nacer estremecedoramente. Llora la voz madura del gitano, que ayer se adelantaba -niña- en intuiciones y hoy se tensa y se carga de nostalgias, de entrañables ausencias». Julio Mariscal: «La voz de Manolo Caracol es como un gran sauce de luces y sombras, de alegrías y de penas; Una voz ancestral, única, distinta; una voz para el recuerdo». Juan de la Plata: «Y canta. Y cantó con esa voz suya, con ese eco tan suyo, tan antiguo, tan flamenco, tan gitano, tan único. Eco de Caracol, de caracola marina, sonando a maravilla por siguiriyas, por fandangos, por malagueñas, por bulerías». Manuel García Matos: «En la interpretación del auténtico y serio cante flamenco, Manolo Ortega, resitúa las hondas expresiones de este arte excepcional en el cimero y difícil punto a que las llevaron los más conspicuos maestros de la edad áurea de dicho arte... Pedidle sólo que os entone un simple y breve ¡ay! flamenco; veréis fluir de su garganta la onda llameante y estremecida de un sollozo que os penetra y conmueve, aunque no queráis. Sensible en grado máximo para el flamenco cante, casi no sabe emitir palabra del mismo sin poner en ella calor vital de emoción muy sentida. De esta forma, sus interpretaciones de lo flamenco son siempre vividas y crepitantes, al par que de una expresividad sobrecogedora... Respetando sabiamente las líneas melódicas de los cantes, lo que en ellas debe ser considerado como fundamental e intangible, las amplía y hermosea con agregaciones de motivos, adornos y rasgos de estilo personal, que en algunos casos imprimen a los cantes una fisonomía de apariencia nueva. Estos añadidos siempre resultan recreadores, inspirados y cargados de sentido. De continuo traducen latidos del sentimiento o bien refuerzan la expresión, haciéndola más intensa e incisiva. Efectos semejantes únicamente pueden y saben producirlos los intérpretes superdotados. En este terreno, Manolo Caracol no ha sido jamás superado por nadie». Manuel Díaz Crespo: «El cante de Caracol es un cante de inspiración. Como lo fue el de Manuel Torre, aquel jerezano sabio que tenía tanto de faraón. Hasta tal extremo esto de la inspiración es cierto, que Manolo Caracol espera al duende, como el torero espera al toro. Sale el cantaor al tablao como el matador sale al ruedo, sin saber cómo va a embestirle el toro. En este sentido, Caracol espera al duende. ¿Por dónde me va a salir?, se pregunta... Caracol improvisa sobre la marcha. Lo cita, acude y le da sus tamices al compás de los tercios de cada cante. Hasta tal extremo que Caracol improvisa hasta la letra». Julio Coll:,«Han oído alguna vez a Manolo Caracol cantando fandangos? Si no lo ha oído, hágalo enseguida. Escuchen atentamente su entrada y descubrirán que no hace falta mucha erudición para especular sobre el origen moruno de los cantes grandes del país de la Macarena. Su forma de respirar y de decir, cuando dice conteniendo la respiración; la forma de soltar las palabras en medio del ahogo de sus ayes, que son una delicia dramática de bueno y sofocante cantaor. Hay mucho sol de patio andaluz en su cante. Ese sol oblicuo que recorta la sombra como un gran trazo negro... Manolo Caracol es mi gran tipo como artista... ¿Y su malagueña? Cuando Manolo adelgaza la voz y le da como una curva descendente a su cante, para pronto reconciliarse con la guitarra en un alto empujón en forma de espiral -esa es la sensación-, sus malagueñas son una delicia. Y cuando entra por tientos, con el fino, tiento de su gran clase como cantaor, Manolo Caracol pone la piel de gallina. Cañas, soleares y bulerías, acompañadas por la guitarra de Melchor de Marchena, cuyo son tiene la calidad de un bajorrelieve, Manolo Caracol deja el vivo recuerdo de su gran valía... Desgarrada, fosca, quebrada y refulgente -que todos los adjetivos son aplicables a ese genio del cante-, la marca de Caracol es indeleble. Su voz personalísima, su (¡eje inconfundible y su forma de agarrar el aire para entrar en el cante de la marca que sea, hacen de él una pieza única y muy destacada. El famoso Iiiiu, iu, iiiu, iu, iiiiu.../ liiiiiiiiuuuu... de su famosa caña, es algo que se recuerda con admiración. Gran improvisador, Manolo Caracol tiene siempre a punto la inspiración para redondear los giros, para remachar con los clavos de su instinto de cantaor las más amplias acometidas de su fuelle para sostener la voz en el aire sin caída, en un volatín casi circense, amparándose siempre en sus fabulosas facultades, tanto físicas como sentimentales. Porque Caracol no es frío, ni académico, ni clasicista. Es el gladiador del cante que entra en él como en un circo romano, dispuesto siempre a la lucha con los duros leones de los duros de oído o flacos de sensibilidad... Manolo Caracol es la figura indiscutible de ese arte que se rompe y rasga en cuanto uno lo acomete sin autenticidad, hecho de aire, de ronquera, de desgarro, y que tan bien le sienta al hondo ahogo de esa voz que pasará a la historia». Tico Medina: «Bastaba que abriera la voz ronca aquel hombre ancho -no del todo bien conocido por todos-, espléndido en la noche, amador de la vida y la amistad, para que, aunque fuera como un silbo vulnerado, como un alarido o como un suspiro, la carne iluminada del cante diera su fruto y su forma. Sabía romper el molde de todas las coplas. Cantó el folklore popular andaluz como nadie. Su Sarvaora -una mano levantada; la del anillo; la otra, en la pierna, a la altura militar de la raya del pantalón, está en las antologías de la copla del Pueblo, la que no se agota, ni se acaba>,. Agustín Gómez: «Caracol, al contrario que Mairena, no fue un luchador; buscó siempre la pendiente para dar curso a su caudaloso río. Prefirió el escenario del teatro al cuarto de cabales porque en su compleja personalidad artística había un actor que no podía callarse, un actor potenciado por su genio flamenco... Lo de Caracol para unos pocos, que pueden no ser los más entendidos pero sí los de más poder adquisitivo en cuanto a sensibilidad flamenca, los sibaritas de la buena mesa, los que prefieren el bocado exquisito dejándose en el plato la lechuginada que, en mesa de gran lujo, acostumbra a acompañarle». Manuel Ríos Ruiz: «Es posible que Manolo Caracol sea la culminación de la dinastía cantaora más importante de la historia del flamenco, la que deviene de El Planeta y se engendra con el cruce de los descendientes de Curro Durse y El Gordo Viejo. Una sangre más destilada en lo flamenco no la hubo nunca y difícilmente será posible la repetición del fenómeno. Caracol, por lo tanto, llevaba el cante más en la sangre que en la cabeza. Su naturaleza espiritual y física no conocía otra fisiología que lo flamenco, De ahí que fuera su prototipo. Cantaba flamenco porque vivía en lo flamenco. Nunca tuvo que pensar en el cante, porque se creía el cante mismo. Todo lo había aprendido sin darse cuenta, sin saberlo, por ello lo asumió de forma tan natural que lo había olvidado y por tal causa lo improvisaba a cada tercio. De todo el cante de su ralea hizo el suyo sin esforzarse lo mis mínimo. Lo que pasa es que lo sentía tanto en su corazón que al plasmarlo tornaba el cante su figura. Por otra parte, su voz era la idílica para el cante. 0 sea, la voz que la imaginación popular había creado, la voz cantaora por excelencia. Y él la acompañaba con su porte. Ninguna otra presencia le ha prestado a una voz mejor espejo y sostén. Fue un intérprete que sin perder nunca de vista las lindes de su arte, supo traspasarlas y seguir siendo jondo, genuino y puro por los atributos de su genialidad. Su prematura retirada oficial, su pereza para competir y su inclinación por no complicarse la vida, privó a los aficionados de un posible contraste de sus maneras personales, pero legítimas, con la ortodoxia a ultranza, lo cual hubiera sido muy beneficioso para sacar conclusiones acerca de cuales son de verdad los intrínsecos valores del cante, si el academicismo o la inspiración; pues Manolo Caracol, aun en sus facetas de artista flamenco popular con sus zambras orquestadas, que tanto mal hicieron al cante, no por él, sino por la cantidad de malos imitadores que le salieron, dejó siempre en sus interpretaciones el matiz de la indudable jondura con el embrujo de su voz afillá. Junto a su frivolidad profesional -cuyos motivos tal vez puedan justificarse-, tuvo el gran mérito de ser personalísimo a la hora de cantar un repertorio sumamente amplío, hasta situarse fuera de discusión por tan discutido intencionadamente. A la hora de situar a Manolo Caracol en los anales del flamenco, habría que ponerlo junto a Silverio, don Antonio Chacón, Manuel Torre y Pepe Marchena, entre los Maestros y los genios. Ya escribí en un poema que "el cante era él y era una bomba". Y la bomba estallará, porque conforme pase el tiempo más glorioso será su cante. Un cante tan heredado como original y eso es un caso que muy pocas veces se ha dado desde Tío Luis el de La Juliana hasta la fecha, pues para consumarlo hay que ser un genio. Caracol lo era».

   

hacia arriba